Confianza líquida

¿Necesitas una copa para soltarte? Tal vez no. Una nueva investigación ha encontrado otras formas mejores de ahogar tus inhibiciones.

Casi todo el mundo ha tomado alguna vez un cinturón rígido para sacudirse la inhibición. Tanto si se trata de reunir el valor necesario para soltarse en la pista de baile, acercarse a alguien guapo o hacer un comentario en una cena, una copa de vino puede aflojar los labios y las caderas a la vez que elimina las dudas sobre uno mismo. Pero nuestra repentina confianza no puede explicarse sólo por la intoxicación, que es sólo el resultado de la interferencia del alcohol en las señales nerviosas. Investigaciones recientes sugieren que la bebida hace mucho más que volvernos estúpidos o incautos: aumenta los niveles de una sustancia química cerebral que calma los pensamientos ansiosos. Y estos hallazgos indican que se puede conseguir el mismo efecto sin necesidad de beber.
Los científicos llevan un par de décadas descubriendo vínculos entre la ansiedad y el alcoholismo, aunque pocos habían dedicado mucho tiempo a averiguar cómo se relacionan ambos. Hace un par de años, el doctor Subhash Pandey, neurocientífico de la Universidad de Illinois en Chicago, empezó a ofrecer una bebida a ratas que habían sido criadas para que no les gustara el alcohol y otras criadas para que lo desearan. Tras analizar una sección del cerebro de las ratas conocida como amígdala -donde se procesan las emociones-, Pandey descubrió que los bebedores tenían un nivel sospechosamente bajo de una proteína llamada CREB que ayuda a alimentar neurotransmisores clave en la amígdala. Pandey teorizó que cuando las ratas -y por extensión, los humanos- tienen un nivel bajo de CREB, esos neurotransmisores se marchitan y la comunicación entre las neuronas se resiente. El resultado externo es la ansiedad, que impulsa el deseo de beber.
Para poner a prueba su teoría, Pandey monitorizó la actividad cerebral de ratas alcohólicas mientras bebían. Efectivamente, poco después del primer sorbo de alcohol, los niveles de CREB se disparaban y el comportamiento ansioso disminuía. A continuación, inyectó a las ratas una sustancia química que potenciaba la función de CREB y, mágicamente, las ratas bebieron mucho menos. Para completar su prueba, inyectó a las ratas que evitaban el alcohol una sustancia que bloqueaba la función de CREB. Justo a tiempo, las ratas abstemias se volvieron ansiosas y empezaron a beber la botella que contenía alcohol.
Pandey se ha centrado en el alcoholismo, pero cree que incluso los bebedores ocasionales pueden estar buscando inconscientemente un impulso de CREB. «Sin duda, unos niveles ligeramente bajos de CREB podrían explicar el tipo de ansiedad que se observa en la inhibición», afirma. Otras investigaciones apuntan a medios no alcohólicos para activar esta proteína cerebral, como el ejercicio regular, la música y los antidepresivos como el Prozac. En un estudio, un betabloqueante llamado propranolol -favorito de artistas y oradores- ayudó a elevar los niveles de un gen relacionado con CREB. Pandey cree que sus resultados conducirán a un tratamiento más eficaz del alcoholismo. Pero los hallazgos también pueden ayudar a cualquier persona que quiera deshacerse de su timidez. Y es bueno tener alternativas al alcohol, sobre todo para los que alguna vez hemos borrado la línea entre la pérdida de inhibición y la pérdida de control.

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